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Ilustración de Zuláibar de Gustavo Rico |
Una de las redes parentales y de negocios de mayor importancia en Antioquia, se configuró en torno a las principales familias de la élite de Medellín. Estos clanes formaron uno de los consorcios comerciales y empresariales más destacados para este periodo, llegando a controlar gran parte del negocio exportador e importador: tenían acciones en la minería, agricultura y el negocio de la colonización –fundación de pueblos y parcelación de tierras– en el norte y sur de Antioquia.
En adelante nos referiremos a este grupo en particular como “el consorcio”, para diferenciarlo de otros circuitos familiares y comerciales formados en la región en esta época y que participaron en las mismas actividades económicas.
El consorcio fue un grupo de gran movilidad geográfica pues tenían a familiares, paisanos y amigos como agentes en las ciudades donde fundaron casas comerciales y tuvieron otras actividades mercantiles, pero también al participar de la colonización de tierras en distintas zonas geográficas. Por ejemplo, gracias al comercio hicieron presencia en urbes como Popayán, Honda, Bogotá, Mompós y Cartagena, esta última que comunicaba con puertos importantes de Atlántico como Sevilla y Cádiz, en España. Igualmente, a través de Kingston, y las Antillas en general, se relacionaron con otros países de Europa para exportar (oro en polvo, tabaco, cacao, etc.) e importar mercancías del extranjero.
Entre las familias más relevantes del consorcio se encuentra la de Miguel María Uribe Vélez, uno de los comerciantes más destacados de la élite de Medellín, vinculado con la actividad minera de finales del XVIII. Su fortuna provenía de las actividades mercantiles y la extracción de oro, llegando a realizar registros de introducciones durante más de 15 años, con un promedio de 3.049 pesos/año.
En 1779 se casó con Josefa María Restrepo Vélez, hija de Vicente Restrepo y Catalina Vélez Guerra, vinculándose así con dos familias pertenecientes a la élite económica de la región: él como minero e introductor y ella como hija del acomodado comerciante asturiano Juan Vélez de Ribero. La pareja dejó una numerosa e interesante descendencia que continuó y amplió su imperio comercial iniciado por las castas que representaban, principalmente los Uribe, Restrepo y Vélez.
Al enviudar Miguel María Uribe se casó nuevamente con María Gertrudis Vélez de la Calle, familiar de su antigua esposa y por tanto perteneciente a la misma élite mencionada que vinculó en una misma casa a tres de los más importantes linajes de finales de siglo, de los cuales hablaron Uribe y Álvarez en relación a las raíces del poder regional: los Vélez de Rivero (Juan Vélez de Rivero), los de la Calle (Francisco Ángel de la Calle) y los Restrepo (Alonso de Restrepo).
Igualmente, a través de sus hijas enlazó a otros integrantes de la élite y sub élite regional como los Gaviria (Eugenio y José Antonio, casados con Teresa y Rosa respectivamente), los Arango (Alberto Arango, casado con Rafaela), los Escobar (José María Escobar, casado con Gertrudis) y los Santamaría (José Antonio Santamaría y Fernández de Salazar, casado con María Francisca), entre otros.
Con esta última familia (Santamaría) cuyo progenitor fue el burgalés Manuel Santamaría, proveniente del valle de Mena, se formó un grupo parental y de negocios de notable importancia en la región. Este clan, junto al Zuláibar, fue el punto de anudamiento desde donde se configuró “el consorcio”, por cuya actuación política son mencionados en esta investigación: representantes del pensamiento realista, anti bolivariano y anti centralista.
Antonio Santamaría había llegado a Medellín a mediados del siglo XVIII, contrayendo en 1759 nupcias con María Josefa de la Calle Sánchez, proveniente de dos familias de la élite ya mencionadas para el caso de los Uribe (los de la Calle y los Vélez, por ser nieta del leonés Juan Pérez de la Calle y de la antioqueña Teresa de Jesús Vélez Toro).
Al quedar viudo contrajo nuevas nupcias con Josefa Isaza Vélez, descendiente por parte paterna del vasco de origen alavés Juan Baptista Isaza Goyeneche y del mismo tronco de los Vélez asturianos, teniendo una interesante descendencia. Los hijos de Santamaría contribuyeron notablemente a ampliar la red familiar, uniéndose en matrimonio con importantes familias de empresarios, mineros y comerciantes antioqueños, y con peninsulares recién llegados para acceder a los privilegios sociales y políticos a los que éstos tenían derecho.
Uno de esos inmigrantes recién llegados a la región fue el vasco José María Zuláibar y Aldape, nacido en un antiguo solar localizado en Zenauri, provincia de Vizcaya, en 1750. Sus padres fueron Francisco Zuláibar Hemaldi y Josepha Antonia Aldape Aldaiaran y sus hermanos María Josefa, Juan Antonio y Francisco.
Esta familia siguiendo la tradición del antiguo sistema de transmisión patrimonial vizcaíno llamado mayorazgo, concedió a María Josefa (la hija mayor) el derecho de heredar el lar paterno. Es así como al casarse ésta con Bartolomé de Rotaeche, en 1775, aportó 50.000 reales en censos y tres casas solariegas en Zenauri, entre ellas la casa armera de los Zuláibar.
Al resto de los vástagos de la familia le tocó asegurarse un futuro por otras vías. Las opciones que tenían los hijos varones normalmente oscilaban entre servir al rey –burocracia o carrera militar–, consagrarse al servicio religioso, casarse con otra heredera, migrar a otra provincia o al Nuevo Mundo para dedicarse a distintas actividades lejos del solar paterno (principalmente los oficios útiles, el comercio y la navegación).
En efecto, uno de los hijos, Juan Antonio, se enroló en la vida religiosa, llegando a detentar el cargo de obispo de Manila, en las islas Filipinas. Por su parte, José María y Francisco se dedicaron a las actividades comerciales, siendo el primero, quien optó por migrar a las costas de Tierra Firme, en específico, a la antigua provincia de Antioquia, una periférica, pero rica región ubicada en el equinoccio americano.
José María arribó en el último veinteno del siglo con la oleada de peninsulares que por esa época hacían presencia en el continente, gran parte de ellos provenientes del norte. Algunos vinieron insertos en cadenas de migración al acudir al llamado de uno de sus parientes ya establecidos, para heredar una propiedad, ejercer alguna actividad económica (comercio u oficios) o por haber sido promovidos por sus redes clientelares para ocupar algún cargo u oficio en la administración indiana. Sin embargo, la mayoría de estos inmigrantes eran jóvenes, desheredados y solteros que venían a probar suerte en el Nuevo Mundo.
Al contraer nupcias el 20 de junio 1784 con Inés, hija de Manuel Santamaría, José María se vinculó con la red parental denominada el “consorcio”. Al igual que su suegro, el vasco incursionó en el negocio de la explotación minera y en las actividades comerciales de la región, convirtiéndose en uno de los grandes introductores de Medellín, aportando un 33% de las mercancías que entraban en la villa. Además, en fechas posteriores llegó a poseer tierras, esclavos y minas en el norte de Antioquia, diversificando sus negocios representados en la acumulación de tierras, actividades comerciales y explotación aurífera.
Zuláibar también se destacó en la política local alcanzando a ocupar importantes cargos en el cabildo y la administración. Por ejemplo, fue diputado durante el mandato del gobernador interino Mon y Velarde. A su vez se desempeñó como administrador de la renta de correos entre 1788 y 1791 y teniente de gobernador en la jurisdicción de Santa Rosa de Osos.
Para ampliar su red parental José María Zuláibar vinculó a sus hijos en alianzas matrimoniales con otras familias de importantes mineros y comerciantes como los Barrientos y los Vásquez, que al igual que los Zuláibar eran colonizadores del norte antioqueño (valle de los Osos). Uno de los primeros enlaces realizados fue el de su hija Mercedes Zuláibar que contrajo nupcias en 1806 con el santarroseño Manuel Barrientos, reconocido empresario agrícola y minero cuyo abuelo era el gaditano, Fernando Antonio Barrientos, migrado a la provincia a mediados del siglo XVIII.
Los hermanos Barrientos, Manuel Salvador, Pedro y Francisco Javier, tenían propiedades de tierras en el norte recibidas en herencia por parte de su padre Joaquín Barrientos y otras adquiridas al participar en la fundación del municipio de Angostura, en los terrenos que pertenecieron al minero Miguel Restrepo. A su vez, la familia Barrientos se vinculó por vía de los negocios y relaciones de parentesco con los hermanos Pedro Luis y Julián Vásquez Calle, terratenientes en los alrededores de Santa Rosa y Angostura.
Manuel Salvador Barrientos figura también como propietario de minerales al occidente y norte de Antioquia (paraje Cucurucho y mina de San Lorenzo, respectivamente). Después de la muerte de Barrientos esta mina fue conocida como “la acequia de Doña Mercedes Zuláibar” puesto que su esposa continuó sosteniéndola durante gran parte del siglo XIX.
Las anteriores alianzas evidenciaron el carácter endogámico de las élites de la villa de Medellín de finales del siglo XVIII y principios del XIX, donde gran parte de las élites comerciantes y mineras estaban vinculadas por medio de lazos familiares y empresariales. A ellas les sumamos otros linajes europeos que, una vez migraron, se integraron a las oligarquías locales: Francisco Rodríguez Obeso, Juan José Callejas, Juan Carrasquilla, José María de Aránzazu y Juan Bautista Barreneche. Además de otros comerciantes criollos como Mateo Molina, Francisco López de Hurtado, José Antonio Mora, José María Isaza y Miguel Jerónimo Posada.
En otras ciudades como Rionegro y Santafé de Antioquia existieron otros clanes relacionados con el comercio y la minería. Así se configuraron diferentes grupos de élites que más que competir entre ellos por el control de la economía de la región, abrieron otros espacios y mercados como el conformado en el occidente. Grupo que, además, como se verá más adelante, incursionó decididamente en la política de la Primera República.
Extracto tomado del libro "Hasta los gallinazos tienen rey".
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