Antioquia un lugar maravilloso

Antioquia, tierra mágica y generosa ubicada estratégicamente en la esquina nor-occidental suramericana, llena de historias asombrosas y gente admirable.

sábado, 5 de abril de 2025

La dimensión internacional en las guerras de Independencia de Hispanoamérica

La dimensión internacional en las guerras de Independencia de Hispanoamérica se refiere al estudio y reconocimiento sobre el hecho de que la emancipación de los países americanos no fue un fenómeno exclusivamente local o interno, sino que estuvo profundamente influenciada por factores y actores internacionales. Tradicionalmente, la historiografía nacional se centró en una supuesta lucha interna contra el dominio español, abordando el fenómeno como si se tratara de un conflicto nacional –España vs. América– o uno de carácter doméstico –Guerra Civil–. Sin embargo, estudios recientes han puesto de manifiesto que el proceso independentista estuvo inmerso en el contexto de las revoluciones atlánticas y las disputas globales, en las cuales participaron las potencias extranjeras, los capitalistas internacionales y grupos de mercenarios extranjeros.
    El nuevo enfoque representa un avance historiográfico porque amplía la perspectiva y enriquece la interpretación del proceso emancipador. Entre sus principales aportes se destacan:

  1. Reconocimiento del papel de los actores internacionales: Se analiza cómo potencias europeas, banqueros y comerciantes internacionales no solo financiaron, sino que también influenciaron las estrategias militares y políticas de los insurgentes.
  2. Incorporación de los factores económicos y financieros: La guerra de independencia estuvo condicionada por el acceso al financiamiento y armamento provenientes del mercado internacional, lo que permitió sostener la lucha –ideológica y armada– y, a la vez, conectar el conflicto con las dinámicas del capitalismo trasatlántico.
  3. Estudio de la participación de mercenarios y capitalistas extranjeros: La intervención de grupos mercenarios y la acción de capitalistas internacionales agregan una dimensión transnacional a la guerra, evidenciando que la independencia fue parte de una red de relaciones globales, de intereses económicos e intervencionismo por parte de las potencias mundiales.
  4. Replanteamiento del proceso como parte de las revoluciones atlánticas: Este enfoque ubica a las independencias americanas en el marco de las grandes transformaciones políticas y económicas que se vivieron en el mundo Atlántico, lo cual permite compararla y relacionarla con otros movimientos revolucionarios ocurridos tanto en América como en Europa.
    Sin duda, uno de los trabajos pioneros en esta línea es el del historiador y doctor en Estudios Internacionales John Alejandro Ricaurte, cuyo libro titulado La dimensión internacional en la Guerra de la Independencia de Colombia (1814-1824). Potencias, capitalistas y mercenarios trasatlánticos, investigación iniciada en el 2011 y publicada en el 2019, ha sido fundamental para demostrar que la independencia de este país suramericano fue también el resultado de intereses y estrategias que trascienden las fronteras nacionales. Este aporte rompe con la visión localista y enriquece el debate historiográfico al situar el proceso emancipador dentro de una dinámica global.
    Tradicionalmente, los estudios sobre la Guerra de Independencia en América Latina se han centrado en los procesos políticos, sociales y militares a nivel local o nacional. Sin embargo, según las investigaciones del doctor John Alejandro Ricaurte, la emancipación de Colombia –y, por extensión, de otros países de la región– posee un componente internacional de gran relevancia. Este enfoque rompe con la lectura exclusivamente localista del conflicto y evidencia que la lucha independentista fue, en realidad, el escenario de una compleja interrelación entre intereses geoestratégicos, económicos y militares a nivel transatlántico.
    En su obra, Ricaurte plantea que el proceso de independencia se configuró a partir de la convergencia de tres actores o dimensiones fundamentales: la actuación de potencias extranjeras, la influencia decisiva de los capitalistas internacionales –entre banqueros, financistas y comerciantes– y la participación activa de grupos mercenarios que cruzaron el Atlántico para luchar por una guerra que les era ajena.
    A continuación, se explorarán cada una de estas aristas para comprender en qué consiste, de manera integral, la dimensión internacional de la guerra de Independencia según este autor.


El papel de las potencias extranjeras y sus intereses geopolíticos y estratégicos

Una de las tesis centrales en la investigación de Ricaurte es que la emancipación de Colombia no fue un hecho aislado ni únicamente fruto de luchas internas, sino que estuvo imbuida en un contexto internacional en el que diversas potencias extranjeras tenían intereses estratégicos en la región.
    En la primera mitad del siglo XIX, las grandes potencias mundiales –especialmente Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Holanda– y otros actores internacionales miraban con interés la desintegración del Imperio español. La debilidad del poder hispano se transformó en una oportunidad para reconfigurar el mapa geopolítico y abrir nuevos canales para el comercio y la inversión.
    En este contexto, algunas potencias buscaron, de forma indirecta, favorecer el proceso emancipador para debilitar a España y, al mismo tiempo, asegurarse una posición ventajosa en el comercio transatlántico. Las políticas de estas naciones incluían no sólo la diplomacia y la presión económica, sino también la intervención encubierta en el suministro de armas y en la financiación de expediciones militares. Así, el apoyo –explícito o tácito– de estos países permitió que los insurgentes contaran con recursos que, de otra forma, habrían resultado escasos o inalcanzables.


Redes diplomáticas y acuerdos transatlánticos

La dimensión internacional también se manifiesta en la existencia de complejas redes diplomáticas y acuerdos comerciales que unían a los países hispanoamericanos con centros de poder en Europa y, en algunos casos, en América del Norte. Estas conexiones facilitaron el intercambio de información, tecnología y armamento, permitiendo a los insurgentes acceder a recursos esenciales para sostener su lucha. Ricaurte destaca que la intervención de estos actores extranjeros fue doble: por un lado, contribuyeron a la planificación y ejecución de la guerra; y por otro, buscaban reconfigurar el equilibrio de poder en el Atlántico para asegurar sus propias rutas comerciales y posiciones estratégicas.
    Con ejemplos como el anterior, el análisis de Ricaurte invita a replantear la interpretación de la guerra de Independencia como un conflicto meramente interno, reconociendo que el escenario transatlántico –con sus intercambios diplomáticos, militares y económicos– fue un factor determinante en el desenlace del proceso emancipador.


La influencia del capitalismo internacional y su capacidad de financiar y suministrar brazos para la guerra y armamento

Otro eje fundamental en el estudio del doctor Ricaurte es el papel del capitalismo internacional. Durante las guerras independentistas, el acceso a recursos financieros y logísticos era esencial para sostener campañas militares prolongadas. En este sentido, banqueros, financistas, casas comerciales y comerciantes particulares jugaron un rol decisivo al facilitar la adquisición de armamento, municiones, uniformes, y otros insumos necesarios para la guerra.
    La investigación de Ricaurte muestra que la financiación extranjera no era altruista ni estaba desprovista de intereses. Al contrario, los capitalistas internacionales veían en el proceso emancipador la oportunidad de obtener beneficios económicos, ya sea asegurándose el acceso a nuevos mercados, influyendo en la apertura de puertos o consolidando sus redes comerciales en una región que se encontraba en plena transformación. Así, la lucha por la independencia se transformó en un escenario en el que se libraba una batalla paralela: la competencia por el control del comercio trasatlántico y la influencia sobre los futuros estados emergentes.
    Este flujo de capital permitió no solo sostener a los ejércitos insurgentes, sino también consolidar un modelo económico que, a la postre, favoreció la integración de Colombia (y de otros países) al sistema capitalista mundial. La dimensión internacional en la guerra de Independencia subraya que el conflicto tuvo importantes repercusiones económicas que trascendieron las fronteras locales.


Intereses comerciales y reconfiguración del mercado internacional

La entrada de capital internacional en el conflicto trajo consigo cambios significativos en el panorama económico de la región. La necesidad de abastecer a los ejércitos revolucionarios impulsó la producción y el comercio de armas y otros insumos militares, creando nuevas oportunidades para los comerciantes internacionales. En muchos casos, estos intermediarios se beneficiaron de la volatilidad y la incertidumbre que generaba la guerra, estableciendo vínculos comerciales que perdurarían incluso después de concluido el conflicto.
    Además, al participar en el financiamiento de la independencia, los capitalistas internacionales contribuyeron a reconfigurar las relaciones de poder en la región, favoreciendo la consolidación de nuevas estructuras económicas y comerciales que facilitaron la inserción de los países emancipados en la economía global. En este sentido, el estudio de Ricaurte destaca que la dimensión internacional de la guerra de Independencia no puede entenderse sin reconocer el papel del capital y de las dinámicas comerciales transatlánticas.


La participación de mercenarios y actores militares foráneos

Uno de los aspectos que más ha despertado interés en la investigación de Ricaurte es la presencia y el papel de grupos mercenarios extranjeros durante la guerra de Independencia. En un conflicto que a menudo se ha idealizado como una lucha exclusivamente nacional, la participación de combatientes de diversas procedencias –europeos, norteamericanos, incluso antillanos– evidencia que la emancipación fue un proceso en el que la dimensión internacional se manifestó de manera tangible.
    Estos mercenarios, contratados o motivados por intereses personales y a menudo facilitados por las redes comerciales internacionales, se convirtieron en una pieza clave para dotar a los ejércitos insurgentes de una experiencia militar y de recursos humanos que, de otro modo, habrían sido limitados. La incorporación de estos combatientes no solo aportó habilidades tácticas y estratégicas, sino que también simbolizó la convergencia de diferentes tradiciones militares en un conflicto que trascendía las fronteras nacionales.


Organización, origen y objetivos de los grupos mercenarios

Según el análisis del doctor Ricaurte, los grupos mercenarios se organizaron en cuerpos que, en muchos casos, tenían estructuras jerárquicas y operativas nacionales de origen variado: desde legiones británicas e irlandesas hasta contingentes provenientes de otros países europeos como la legión hanoveriana, de Norteamérica y del Caribe. Estos grupos actuaron en estrecha colaboración con los insurgentes, suministrando armamento, entrenando tropas y, en ocasiones, participando activamente en la dirección de batallas que fueron clave.
    La función de los mercenarios, según Ricaurte, iba más allá de la sola asistencia militar y armamentística. Estos grupos se integraban en un entramado más amplio de cooperación internacional en el que convergían intereses económicos, políticos y estratégicos. Su presencia evidenció que la guerra de Independencia se desarrolló en un escenario transnacional, donde las fronteras del Estado eran permeables a la influencia de actores externos.
    Además, la contratación de mercenarios permitió a los insurgentes sortear ciertas limitaciones propias de las milicias locales, dotándolos de una capacidad de combate más profesional y alineada con las tácticas militares europeas de la época. Este fenómeno contribuyó a nivelar el terreno de juego frente a un ejército español –considerado uno de los más profesionales y disciplinados de su tiempo– y fue crucial para obtener victorias que, de otro modo, podrían haber resultado inalcanzables.


Implicaciones y relevancia de la dimensión internacional

Reinterpretación de la historia emancipadora

La obra del doctor Ricaurte invita a replantear la narrativa tradicional de la Independencia en Hispanoamérica. En lugar de ver el proceso como una serie de revueltas locales y regionales, su investigación propone entenderlo como un fenómeno complejo y multifacético en el que convergen dinámicas internacionales. Esta perspectiva permite reconocer que la independencia no fue solo un acto de liberación de un poder colonial, sino también un proceso en el que las relaciones de poder a escala global –tanto en el ámbito político como en el económico y militar– jugaron un papel determinante.
    El reconocimiento de esta dimensión internacional tiene importantes implicaciones historiográficas. Por un lado, se abre la posibilidad de estudiar la independencia desde una perspectiva comparada, analizando cómo diferentes conflictos emancipadores en América estuvieron interconectados a través de las redes transatlánticas. Por otro lado, permite valorar el papel de actores que, históricamente, han quedado al margen de las narrativas tradicionales, como los capitalistas internacionales y los mercenarios, cuyas contribuciones fueron fundamentales para el éxito del proceso revolucionario.


El legado en la formación del Estado moderno

La influencia de la dimensión internacional no se limita únicamente a la victoria militar, sino que también tuvo repercusiones decisivas en la construcción de los nuevos estados independientes. La financiación extranjera, el comercio y la movilización de recursos militares contribuyeron a establecer las bases de una economía integrada en el sistema capitalista mundial, creó la interdependencia de estos países al capital internacional través de la deuda externa y facilitó la consolidación de instituciones que, en muchos casos, perdurarían hasta la actualidad.
    Asimismo, la participación de actores internacionales en la guerra de Independencia fue una de las razones por las que el conflicto se transformó en un proceso de reconfiguración del orden global. La intervención –directa o indirecta– de potencias extranjeras y capitales internacionales influyó en la manera en que se trazaron las fronteras y se definieron las políticas de desarrollo de las nuevas repúblicas. De este modo, el estudio de Ricaurte subraya que comprender la independencia en Hispanoamérica requiere una mirada que abarque tanto las causas internas como las fuerzas internacionales que intervinieron en el conflicto.


Reflexiones sobre la globalización de los conflictos

Aunque los estudios sobre la Guerra de Independencia se centran en hechos pasados, la reflexión sobre su dimensión internacional es especialmente relevante en el contexto actual de conflictos globalizados. El modelo que describe el doctor Ricaurte –en el que potencias, capitales y actores militares de diferentes nacionalidades convergen para influir en el curso de la historia– encuentra paralelismos en otros conflictos contemporáneos como el de Ucrania, Yemen o Sudán. Así, el análisis de la guerra de Independencia puede servir de precedente para entender cómo en el mundo moderno los conflictos son, en gran medida, fenómenos transnacionales en los que las fronteras nacionales se vuelven difusas ante intereses globales.


A modo de conclusión

El enfoque propuesto por el doctor Ricaurte sobre la dimensión internacional de la Guerra de Independencia transforma la manera en que se ha interpretado históricamente el proceso emancipador. Su investigación evidencia que la lucha por la libertad en Colombia (y en otros países hispanoamericanos) no fue únicamente un conflicto interno, sino el escenario de una compleja interacción entre potencias extranjeras, capitalistas internacionales y grupos mercenarios trasatlánticos.
    Esta visión amplia y multidimensional permite comprender que el éxito de la independencia estuvo en gran medida condicionado por factores y actores externos que, al suministrar financiamiento, armamento y experiencia militar, contribuyeron a sortear las desventajas de las milicias locales y a nivelar el campo de batalla frente al profesionalismo del ejército español. Además, el papel de las redes diplomáticas y comerciales internacionales facilitó la inserción de las nuevas repúblicas en la economía global, marcando el inicio de un proceso de modernización que aún hoy tiene repercusiones en la estructura política y económica de la región.
    Replantear la independencia desde esta perspectiva invita a reconocer la complejidad y la interconexión de los procesos históricos. Se trata de enriquecer la interpretación histórica al incluir la influencia decisiva de actores y dinámicas internacionales. De manera que La dimensión internacional –según el doctor Ricaurte– constituye, en definitiva, un elemento clave para entender cómo se forjaron las naciones hispanoamericanas y cómo estos procesos se conectan con el entramado global de poder, comercio y militarización que define la historia del mundo.
    Esta reflexión, además, resulta útil para abordar problemas contemporáneos, en los cuales los conflictos locales se ven cada vez más influenciados por intereses y dinámicas internacionales. El estudio de la guerra de Independencia, a la luz de estas investigaciones, se convierte así en un ejemplo de cómo la historia de las luchas emancipadoras puede ofrecer lecciones sobre la complejidad de los procesos de cambio en un mundo interconectado.
    La dimensión internacional de la Guerra de Independencia, tal como la expone el doctor Ricaurte, se manifiesta en tres grandes áreas: la intervención y los intereses estratégicos de potencias extranjeras, la movilización y financiamiento de recursos por parte del capitalismo internacional, y la activa participación de mercenarios y actores militares foráneos. Estos elementos, lejos de ser accesorios, constituyen el motor que posibilitó la transformación del orden mundial y la configuración de las nuevas repúblicas. Al reconocer este entramado, se abre la puerta a una historiografía más compleja y completa, en la que el pasado no se entiende de forma aislada, sino que orbita en torno a las dinámicas globales.
    En síntesis, la dimensión internacional es un avance en la historiografía porque permite comprender la independencia de Colombia no como un evento aislado, sino como un proceso complejo, interconectado y parte de la transformación global que caracterizó el cambio del viejo orden al mundo moderno.


Referencias breves

La obra de Ricaurte, disponible en diversas plataformas académicas y editoriales (por ejemplo, en el catálogo de la Editorial ITM y repositorios institucionales) y Amazon, constituye la base principal para profundizar en este análisis. Dichos estudios invitan a continuar la investigación y el debate sobre la trascendencia de la dimensión internacional en los procesos emancipadores de Hispanoamérica.

sábado, 15 de marzo de 2025

La formación del grupo parental y de negocios denominado el consorcio

Ilustración de Gustavo Rico Navarro
Ilustración de Zuláibar de Gustavo Rico
Una de las redes parentales y de negocios de mayor importancia en Antioquia, se configuró en torno a las principales familias de la élite de Medellín. Estos clanes formaron uno de los consorcios comerciales y empresariales más destacados para este periodo, llegando a controlar gran parte del negocio exportador e importador: tenían acciones en la minería, agricultura y el negocio de la colonización –fundación de pueblos y parcelación de tierras– en el norte y sur de Antioquia.

En adelante nos referiremos a este grupo en particular como “el consorcio”, para diferenciarlo de otros circuitos familiares y comerciales formados en la región en esta época y que participaron en las mismas actividades económicas.

El consorcio fue un grupo de gran movilidad geográfica pues tenían a familiares, paisanos y amigos como agentes en las ciudades donde fundaron casas comerciales y tuvieron otras actividades mercantiles, pero también al participar de la colonización de tierras en distintas zonas geográficas. Por ejemplo, gracias al comercio hicieron presencia en urbes como Popayán, Honda, Bogotá, Mompós y Cartagena, esta última que comunicaba con puertos importantes de Atlántico como Sevilla y Cádiz, en España. Igualmente, a través de Kingston, y las Antillas en general, se relacionaron con otros países de Europa para exportar (oro en polvo, tabaco, cacao, etc.) e importar mercancías del extranjero.

Entre las familias más relevantes del consorcio se encuentra la de Miguel María Uribe Vélez, uno de los comerciantes más destacados de la élite de Medellín, vinculado con la actividad minera de finales del XVIII. Su fortuna provenía de las actividades mercantiles y la extracción de oro, llegando a realizar registros de introducciones durante más de 15 años, con un promedio de 3.049 pesos/año.

En 1779 se casó con Josefa María Restrepo Vélez, hija de Vicente Restrepo y Catalina Vélez Guerra, vinculándose así con dos familias pertenecientes a la élite económica de la región: él como minero e introductor y ella como hija del acomodado comerciante asturiano Juan Vélez de Ribero. La pareja dejó una numerosa e interesante descendencia que continuó y amplió su imperio comercial iniciado por las castas que representaban, principalmente los Uribe, Restrepo y Vélez.

Al enviudar Miguel María Uribe se casó nuevamente con María Gertrudis Vélez de la Calle, familiar de su antigua esposa y por tanto perteneciente a la misma élite mencionada que vinculó en una misma casa a tres de los más importantes linajes de finales de siglo, de los cuales hablaron Uribe y Álvarez en relación a las raíces del poder regional: los Vélez de Rivero (Juan Vélez de Rivero), los de la Calle (Francisco Ángel de la Calle) y los Restrepo (Alonso de Restrepo).

Igualmente, a través de sus hijas enlazó a otros integrantes de la élite y sub élite regional como los Gaviria (Eugenio y José Antonio, casados con Teresa y Rosa respectivamente), los Arango (Alberto Arango, casado con Rafaela), los Escobar (José María Escobar, casado con Gertrudis) y los Santamaría (José Antonio Santamaría y Fernández de Salazar, casado con María Francisca), entre otros.

Con esta última familia (Santamaría) cuyo progenitor fue el burgalés Manuel Santamaría, proveniente del valle de Mena, se formó un grupo parental y de negocios de notable importancia en la región. Este clan, junto al Zuláibar, fue el punto de anudamiento desde donde se configuró “el consorcio”, por cuya actuación política son mencionados en esta investigación: representantes del pensamiento realista, anti bolivariano y anti centralista.

Antonio Santamaría había llegado a Medellín a mediados del siglo XVIII, contrayendo en 1759 nupcias con María Josefa de la Calle Sánchez, proveniente de dos familias de la élite ya mencionadas para el caso de los Uribe (los de la Calle y los Vélez, por ser nieta del leonés Juan Pérez de la Calle y de la antioqueña Teresa de Jesús Vélez Toro).

Al quedar viudo contrajo nuevas nupcias con Josefa Isaza Vélez, descendiente por parte paterna del vasco de origen alavés Juan Baptista Isaza Goyeneche y del mismo tronco de los Vélez asturianos, teniendo una interesante descendencia. Los hijos de Santamaría contribuyeron notablemente a ampliar la red familiar, uniéndose en matrimonio con importantes familias de empresarios, mineros y comerciantes antioqueños, y con peninsulares recién llegados para acceder a los privilegios sociales y políticos a los que éstos tenían derecho.

Uno de esos inmigrantes recién llegados a la región fue el vasco José María Zuláibar y Aldape, nacido en un antiguo solar localizado en Zenauri, provincia de Vizcaya, en 1750. Sus padres fueron Francisco Zuláibar Hemaldi y Josepha Antonia Aldape Aldaiaran y sus hermanos María Josefa, Juan Antonio y Francisco.

Esta familia siguiendo la tradición del antiguo sistema de transmisión patrimonial vizcaíno llamado mayorazgo, concedió a María Josefa (la hija mayor) el derecho de heredar el lar paterno. Es así como al casarse ésta con Bartolomé de Rotaeche, en 1775, aportó 50.000 reales en censos y tres casas solariegas en Zenauri, entre ellas la casa armera de los Zuláibar.

Al resto de los vástagos de la familia le tocó asegurarse un futuro por otras vías. Las opciones que tenían los hijos varones normalmente oscilaban entre servir al rey –burocracia o carrera militar–, consagrarse al servicio religioso, casarse con otra heredera, migrar a otra provincia o al Nuevo Mundo para dedicarse a distintas actividades lejos del solar paterno (principalmente los oficios útiles, el comercio y la navegación).

En efecto, uno de los hijos, Juan Antonio, se enroló en la vida religiosa, llegando a detentar el cargo de obispo de Manila, en las islas Filipinas. Por su parte, José María y Francisco se dedicaron a las actividades comerciales, siendo el primero, quien optó por migrar a las costas de Tierra Firme, en específico, a la antigua provincia de Antioquia, una periférica, pero rica región ubicada en el equinoccio americano.

José María arribó en el último veinteno del siglo con la oleada de peninsulares que por esa época hacían presencia en el continente, gran parte de ellos provenientes del norte. Algunos vinieron insertos en cadenas de migración al acudir al llamado de uno de sus parientes ya establecidos, para heredar una propiedad, ejercer alguna actividad económica (comercio u oficios) o por haber sido promovidos por sus redes clientelares para ocupar algún cargo u oficio en la administración indiana. Sin embargo, la mayoría de estos inmigrantes eran jóvenes, desheredados y solteros que venían a probar suerte en el Nuevo Mundo.

Al contraer nupcias el 20 de junio 1784 con Inés, hija de Manuel Santamaría, José María se vinculó con la red parental denominada el “consorcio”. Al igual que su suegro, el vasco incursionó en el negocio de la explotación minera y en las actividades comerciales de la región, convirtiéndose en uno de los grandes introductores de Medellín, aportando un 33% de las mercancías que entraban en la villa. Además, en fechas posteriores llegó a poseer tierras, esclavos y minas en el norte de Antioquia, diversificando sus negocios representados en la acumulación de tierras, actividades comerciales y explotación aurífera.

Zuláibar también se destacó en la política local alcanzando a ocupar importantes cargos en el cabildo y la administración. Por ejemplo, fue diputado durante el mandato del gobernador interino Mon y Velarde. A su vez se desempeñó como administrador de la renta de correos entre 1788 y 1791 y teniente de gobernador en la jurisdicción de Santa Rosa de Osos.

Para ampliar su red parental José María Zuláibar vinculó a sus hijos en alianzas matrimoniales con otras familias de importantes mineros y comerciantes como los Barrientos y los Vásquez, que al igual que los Zuláibar eran colonizadores del norte antioqueño (valle de los Osos). Uno de los primeros enlaces realizados fue el de su hija Mercedes Zuláibar que contrajo nupcias en 1806 con el santarroseño Manuel Barrientos, reconocido empresario agrícola y minero cuyo abuelo era el gaditano, Fernando Antonio Barrientos, migrado a la provincia a mediados del siglo XVIII.

Los hermanos Barrientos, Manuel Salvador, Pedro y Francisco Javier, tenían propiedades de tierras en el norte recibidas en herencia por parte de su padre Joaquín Barrientos y otras adquiridas al participar en la fundación del municipio de Angostura, en los terrenos que pertenecieron al minero Miguel Restrepo. A su vez, la familia Barrientos se vinculó por vía de los negocios y relaciones de parentesco con los hermanos Pedro Luis y Julián Vásquez Calle, terratenientes en los alrededores de Santa Rosa y Angostura.

Manuel Salvador Barrientos figura también como propietario de minerales al occidente y norte de Antioquia (paraje Cucurucho y mina de San Lorenzo, respectivamente). Después de la muerte de Barrientos esta mina fue conocida como “la acequia de Doña Mercedes Zuláibar” puesto que su esposa continuó sosteniéndola durante gran parte del siglo XIX.

Las anteriores alianzas evidenciaron el carácter endogámico de las élites de la villa de Medellín de finales del siglo XVIII y principios del XIX, donde gran parte de las élites comerciantes y mineras estaban vinculadas por medio de lazos familiares y empresariales. A ellas les sumamos otros linajes europeos que, una vez migraron, se integraron a las oligarquías locales: Francisco Rodríguez Obeso, Juan José Callejas, Juan Carrasquilla, José María de Aránzazu y Juan Bautista Barreneche. Además de otros comerciantes criollos como Mateo Molina, Francisco López de Hurtado, José Antonio Mora, José María Isaza y Miguel Jerónimo Posada.

En otras ciudades como Rionegro y Santafé de Antioquia existieron otros clanes relacionados con el comercio y la minería. Así se configuraron diferentes grupos de élites que más que competir entre ellos por el control de la economía de la región, abrieron otros espacios y mercados como el conformado en el occidente. Grupo que, además, como se verá más adelante, incursionó decididamente en la política de la Primera República.

Extracto tomado del libro "Hasta los gallinazos tienen rey".

viernes, 14 de marzo de 2025

Hispanoamérica: una mirada crítica entre el neo-hispanismo ideológico y el hispanismo académico

El hispanismo apoyado en la filología, historia y otras disciplinas sociales se había constituido en una corriente de gran relevancia, desarrollo y aceptación en el ámbito académico y universitario. Ello gracias a la elaboración seria, concienzuda y fundamentada de muchos estudiosos que llevaron el rigor académico, el compromiso intelectual y la profesionalidad hasta lo más alto de sus investigaciones.

Hoy para nadie es un secreto que el hispanismo dejó de ser una corriente de desarrollo exclusivo de los especialistas sociales, para pasar a un sector más amplio dominado por los divulgadores de contenido, aunque también aparecen algunos académicos de diversas especialidades que hacen, escriben y opinan sobre esta corriente, en particular sobre la historia.

Se trata de una ola de hispanistas que se subieron al tren cuando la obra Imperiofobia y leyenda negra de Roca Barea tuvo gran éxito en los países de habla hispana. Por solo nombrar algunos en el ámbito hispanoamericano aparecen apellidos tan activos, sonados y publicitados como Gullo, Lons, Zunzunegi y Aita.

Lo cierto es que este discurso tomó fuerza en una especie de neo hispanismo masivo y democrático, en medio de las celebraciones del segundo centenario de las Independencias, en el que, ya de una manera más digerible y menos academicista, decenas de divulgadores se dieron a la tarea bajar al público lego muchas de las teorías expuestas por los especialistas.

Esto, sin duda, catapultó el hispanismo a niveles jamás antes vistos, gracias al papel que jugaron las redes sociales en la difusión de este tipo de temáticas. Sin embargo, muchas de estas narrativas y obras carecían de rigor académico, no aportaba a la reflexión crítica y no tenía una adecuada atención y citación de las fuentes empíricas y bibliográficas.

Este último punto es muy importante puesto que, por las dinámicas mismas de la comunicación en las redes sociales y la naturaleza de esta neo-corriente, no se tuvo una posición clara frente al plagio de ideas, no se aportó al estado de la cuestión (en concreto a la historiografía) y no se tuvo un compromiso frente a los principios de rigurosidad, veracidad, objetividad y contrastación de datos.

Otra de las críticas personales a la neo corriente es la implantación rápida y masiva de ideas, algunas generalizadas y no tan precisas en un mundo tan amplio y diverso como lo es la hispanidad. Por ejemplo, quedó la sensación de que la hispanidad nació en Argentina en la década de 1920 como respuesta a la reivindicación étnico-cultural de los italo-estadounidense, cuando se apropiaron y dieron forma al Columbus Day. Se supone que, a partir de allí, a modo de imitación, la mayoría de los gobiernos hispanoamericanos instauraron este día (12 de octubre) como el Día de la Raza, siendo pionero el país austral en 1917, seguido por Venezuela y Colombia en 1921, Chile en 1922 y México en 1928.

Otro supuesto habla de que, a partir de allí, algunos intelectuales, entre ellos el padre Vizcarra, reflexionaron sobre el término hispanidad y lo que representaba el Día de la Raza. Idea que fue reforzada por otros filósofos y escritores como Maeztu, Gomá, García Morente, Basterra y Pemán. De ahí nació, según muchos teóricos, entre ellos el jurista Miguel Ayuso, el constructo que todos llaman hoy hispanidad, al menos como sustantivo propio.

Lo cierto es que esta coyuntura y este contexto particular representan solo un sector y desarrollo del hispanismo, aquel defensor de una idea nacionalista y europeísta de la hispanidad. Por ello la importancia de diferenciar este movimiento con el hispanismo americano decimonónico: aquel nostálgico de la España que se fue tras los procesos de Independencia y que se manifestó en intelectuales de la talla de Rubén Darío, José María Vergara y Vergara, José Eustaquio Palacios, Miguel Antonio Caro, Tomás Carrasquilla, José Vasconcelos, José Elguero Videgaray y Enrique de Olavarría y Ferrari, entre otros.

De otro lado, el hispanismo emergente a partir del 2016 no posibilitó el avance de los estudios literarios, filosóficos e históricos, al ser parte de una corriente poco original, que nació como copia de pioneros que ya habían alertado, por ejemplo, sobre la Leyenda Negra, como es el caso de Julián Juderías (1917). En especial, dado que este campo estaba condicionado o apalancado por las redes sociales y las dinámicas propias de la comunicación actual; es decir, la brevedad, la inmediatez, la actualización de contenido, la viralización y la monetización.

Todo ello abrió una brecha entre el hispanismo académico y la neo hispanofilia, la cual ya había sido identificada en la crisis que sufrió esta corriente (el hispanismo) en la década de 1980, en campos como la filología, los estudios literarios y la historia. Esta reflexión crítica puntual fue muy positiva para muchas de las disciplinas sociales en las que se apoyó; por ejemplo, de allí nació un periodo de renovación historiográfica que produjo cosas interesantes y, aunque estos trabajos no fueron hegemónicos, si lograron hacer frente a la publicidad de la Leyenda Negra a vísperas del quinto centenario.

Actualmente el hispanismo ha entrado en una fase de incertidumbre que no solo desdibuja lo ya avanzado en historiografía, sino que también pone en crisis la corriente misma, en particular, porque se le acusa de intentar reescribir la historia para cumplir con su propósito principal, combatir la Leyenda Negra. Del mismo modo se corre el riesgo de estar alimentando un hispanismo inconexo con la tradición académica, el ejercicio crítico y el rigor científico.

Lo cierto es que el neo-hispanismo ha planteado un reto para el hispanismo académico, al tener que competir con una corriente que tiene un frágil régimen epistemológico, una narrativa problemática y una deriva historiográfica; en particular, al convertirse en propaganda a la inversa, paradójicamente lo que tanto intentó combatir. Por esto se hace necesario abordar reflexivamente este fenómeno y aprovechar esta crisis para replantear metodológicamente una estrategia que vuelva a posicionar el hispanismo como una corriente seria, respetada y de gran desarrollo en el mundo.