En 1695, el banquero y comerciante escocés William Paterson se encontraba en la isla de Jamaica cuando recibió informes confidenciales de un grupo de marinos y antiguos piratas. Estos hombres le describieron un enclave excepcional en la masa continental suramericana, idóneo para fundar una colonia debido a su deslumbrante belleza, riqueza natural y una ubicación geográfica privilegiada para el comercio transoceánico. Las coordenadas apuntaban directamente a la espléndida y estratégica geografía del golfo de Urabá, en los límites de Antioquia y el Darién, específicamente en un paraje nativo conocido como la antigua Ada, el cual corresponde en la actualidad al corregimiento de Sapzurro.
Completamente convencido de las bondades y el potencial de esta porción de la América Hispana, Paterson regresó a Europa para diseñar un ambicioso proyecto de colonización que atrajera el respaldo de sus compatriotas. Con el fin de recaudar los ingentes recursos financieros necesarios para la empresa, el promotor vendió con entusiasmo los encantos de esta tierra, haciendo especial énfasis en los mitos sobre sus inmensos yacimientos auríferos y sus inagotables recursos madereros. Gracias a esta agresiva campaña de propaganda, fundó en Edimburgo la Compañía de Escocia Comercializadora de África y las Indias, logrando vender la totalidad de sus acciones entre inversionistas locales y magnates de la ciudad de Londres.
La histórica expedición zarpó finalmente el 17 de julio de 1698 desde el puerto de Leith, con rumbo directo a las densas e inexploradas selvas del Darién. A bordo de una flota compuesta por dos naves de transporte pesado y tres buques de guerra fuertemente artillados, viajaban alrededor de mil doscientos colonos escoceses, entre los que se contaban exsoldados, artesanos, médicos y familias enteras en busca de fortuna. Tras una dura travesía atlántica, la expedición desembarcó a finales de octubre en la bahía de la antigua Ada, donde procedieron a descargar sus pertrechos y provisiones, bautizando formalmente al asentamiento como Nueva Caledonia y a su puerto defensivo como Nueva Edimburgo.
Una vez instalados en el territorio, los colonos comprendieron la necesidad de asegurar su supervivencia y sellaron alianzas militares y comerciales con los caciques de la etnia cuna (Guna Yala). Los nativos, que veían en los recién llegados unos aliados perfectos contra la opresión de la Corona española, prestaron una colaboración vital enseñándoles técnicas de cultivo, caza y rutas de navegación por el golfo de Urabá. Este apoyo indígena transformó el precario campamento inicial en el primer enclave exitoso de lo que Escocia proyectaba como un imperio comercial a gran escala, diseñado para conectar las rutas mercantiles del océano Atlántico con las del Mar del Sur.
La metrópoli continuó respaldando el proyecto y en agosto del año siguiente despachó desde Escocia dos nuevos navíos cargados con trescientos hombres y un cuantioso volumen de víveres para reforzar las defensas coloniales. Poco después, en el mes de noviembre, arribó una tercera oleada migratoria compuesta por mil doscientos colonos adicionales que viajaban a bordo de cuatro embarcaciones bien provistas. Con estas adiciones, la población de Nueva Caledonia superó rápidamente las dos mil almas, logrando sostenerse económicamente gracias a un flujo constante de barcos de abastecimiento que contrabandeaban mercancías desde colonias insulares caribeñas como Jamaica.
Sin embargo, este floreciente enclave se erigía desafiante en los bordes de un imperio hostil, pues la Corona española reclamaba la exclusividad absoluta sobre el poblamiento de las Indias Occidentales amparada en las antiguas Bulas Papales. Alarmadas por la presencia británica en una zona tan sensible, las autoridades españolas enviaron en febrero de 1700 un poderoso ejército naval y terrestre encabezado por el gobernador de Cartagena, don Juan Díaz de Pimienta. Tras un cruento asedio militar combinado con brotes de malaria que diezmaron a los defensores, las fuerzas ibéricas lograron someter por completo la plaza fortificada de los escoceses y procedieron a tomarlos como prisioneros.
El cautiverio de los colonos activó de inmediato la burocracia colonial; el 29 de abril de 1700, el secretario del Consejo de Indias, Domingo López de Calo Mondragón, despachó una misiva oficial a Jerónimo Francisco de Eguía, Marqués de Narros y presidente de la Casa de la Contratación de Sevilla. En dicha carta, se ordenaba de manera estricta proveer una asistencia humanitaria básica por un valor de dos reales diarios a cada uno de los prisioneros escoceses capturados en el Darién. Con el paso de los meses, la mayoría de estos hombres fueron puestos en libertad bajo juramento y obligados a dispersarse de forma permanente por diversas islas del Caribe y las colonias de Norteamérica.
A pesar de la evacuación oficial, la tradición oral sugiere que algunos colonos rezagados se negaron a abandonar las selvas de Urabá y terminaron siendo adoptados e integrados por las familias de las comunidades cunas. Aunque de la presencia escocesa formal nunca se volvió a hablar en los registros oficiales, el golfo de Urabá continuó siendo durante el siglo XVIII el escenario predilecto de cruentas incursiones perpetradas por piratas y corsarios de renombre mundial como Mainswet, Morgan y Long. De igual forma, los comerciantes franceses lograron establecer un fructífero contrabando con los nativos locales, pero ningún proyecto europeo posterior fue tan osado ni ambicioso como el del capitán Paterson en el indómito Darién.



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